“Charlie y la fábrica de chocolate”, de Tim Burton

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Empezaré con una historia personal. Cuando era un adolescente, estamos hablando de principios de los noventa, un día por casualidad vi en un famoso canal temático dedicado al cine una película llamada Willy Wonka: Un mundo de fantasía (1971). Aunque ya me preciaba de haber visto cientos de films por aquella época (cosas de ser el hijo mayor de una familia numerosa y haberme criado delante de la tele para no dar follón), no conocía aquella película en apariencia infantil. El tema enseguida me enganchó: un fabricante de chocolate esconde cinco billetes dorados dentro
de cinco chocolatinas, y anuncia que las cinco personas que las encuentren visitarán su fábrica, en la que nadie había entrado desde hacía muchos años. Con semejante premisa, era imposible despegarse del televisor, máxime cuando apareció el actor que daba vida a aquel Willy Wonka, el gran Gene Wilder. Téngase en cuenta que en aquellos años, pelis como No me chilles que no te veo, o las comedias de Mel Brooks como Máxima Ansiedad o El jovencito Frankenstein eran lo más de lo más. Y más para un joven cinéfilo. En fin, que me quedé absorto viendo aquella maravillosa película, que siempre tendrá un lugar en mi filmoteca.

Cuento esto porque, cuando Tim Burton decidió hacer un remake en 2005, monté en cólera. No solo porque deteste especialmente que vuelvan a rodar una historia cuando la película original es lo suficientemente buena, sino porque además lo hacía el Sr. Burton, un director que siempre fue de mis favoritos, pero que llevaba ya muchos años decepcionándome. Willy Wonka era mío. Por supuesto, Tim Burton enseguida dijo que su nueva obra no se basaba en la película anterior, sino en el libro original, un cuento infantil de Roald Dahl. Mera excusa.

Con ese ánimo fui al cine a verla y… he de reconocer que se me pasó el enfado enseguida. Charlie y la fábrica de chocolate era una película estupenda. Las entrañables canciones de la película de 1971, así como las coreografías de los Umpa-Lumpas, los enanitos que trabajaban en la fábrica, quedaban totalmente eclipsadas por el derroche de medios y la imaginación
desbordante del amigo Tim. Eso sí, la original tiene un encanto que en esta no acabo de ver, pero bueno. Para terminar mi historia personal, os contaré que esta Navidad le he grabado a mis hijos, que tienen cinco y dos años, las dos versiones en un mismo DVD. Ellos prefieren de calle la versión más reciente, que pueden haber visto estas fiestas entre diez y veinte veces. Sí, ha habido días de dos pases.

Pero debíamos hablar de dentistas, y tengo que elegir la versión de Tim Burton porque en ella aparece uno. Un personaje horrendo, que no es ni más ni menos que el padre de la criatura. A modo de flashbacks, Willy Wonka, el magnate del chocolate, interpretado por Johnny Depp, va
recordando momentos de su infancia. Un horroroso aparato cubría toda su cabeza, el más imposible corrector dental, obra de su padre, un dentista interpretado por Christopher Lee (sí, el mismo que hacía las películas de Drácula. Pensad en ello). Aquel niño deseaba sobre todas las cosas
comer golosinas y chocolate. Su padre, obsesionado con la salud bucodental, se lo tenía tajantemente prohibido, y el pequeño Willy Wonka veía, con una sonrisa que no era tal, provocada por el “aparatoso” aparato, como sus posibilidades de comer chocolate se esfumaban. Hasta que un día se rebeló, y empezó a comer y a comer, y tanto se enamoró de aquel sabor que se convirtió en el más importante y más genial fabricante de dulces del mundo. Desarrolló, no obstante, un terror inusitado por palabras como “familia” y “padres”, algún complejo que haría palidecer si fuera posible a Michael Jackson y, eso sí, una dentadura perfecta. Las cosas como son.

Todo esto nos viene a enseñar que tener una higiene dental es muy importante, pero que lo es para que luego podamos disfrutar de los placeres culinarios, del azúcar y de lo que sea, y que lo podamos hacer durante muchísimos años. Una vez más, son las dos caras de la moneda, el yin y el yan, que se citan para complementarse. O para comerse una chocolatina, ya puestos.

PELI2

CHARLIE AND THE CHOCOLATE FACTORY, Christopher Lee, 2005. (c)Warner Bros.

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